Era una noche extraña, había mucho humo en ese lugar, mucho ruido también. Yo estaba en una habitación oscura, pero la fiesta continuaba abajo.
Claro, yo no estaba acostumbrada a algo así, cuando me quedaba despierta hasta a esas horas de la mañana, las cuatro y unos minutos, lloraba por mi asquerosa vida o cortaba alguna parte de mi cuerpo. Bueno, esta vez fue distinto, estaba en una fiesta… Sí, la persona más apartada de mi hogar, clase y probablemente de la misma fiesta; estaba ahí, pero esto, en realidad, no era algo bueno, de hecho fue horrible. Estaba en una habitación oscura, porque toda la gente y conmoción, la presión, el ruido y las luces parpadeantes colapsaron lo que quedaba de mi mente para ese entonces. El problema mayor fue que mis pastillas no estaban ahí para mí, estaban en esa casa, pero nadie podría encontrarlas, todos estaban ebrios o drogados.
Estaba entrando a ese mundo recurrente, y estaba sola, no conocía a nadie ahí más que al dueño de la casa, que estaba, probablemente, ahogándose en su borrachera, y nadie sabía que problemas tenía, y a que nivel podían llegar.
Una pareja subió y entró a la habitación, escuché que murmuraban cosas, hasta que se dieron cuenta de que estaba ahí, observando la luna, llena de lágrimas, temblando y torciendo mis manos. La mujer se asustó y se fue corriendo, el hombre se acercó a mí, intentó hablarme, pero no lo oía, sólo escuchaba un susurro, con ese tono de voz que intenta decirte que todo está bien, pero no entendía nada.
El tipo bajó, probablemente a buscar ayuda, yo me levanté y caminé tambaleándome al baño, no buscaba ayuda ni sentirme mejor, si no que una forma de torturarme más, estaba buscando algún objeto punzante o de filo. Comencé a escuchar gritos, creo que estaban buscándome, pero no me importó, encontré lo que buscaba, dos hojas que, probablemente, pertenecían a alguna máquina de afeitar.
Comencé a hacer mi trabajo, todo iba normal, hasta que la música comenzó a resonar en mi cabeza, escuchaba la diversión y los gritos de parejas, de gente divirtiéndose, y de gente buscándome. Todos esos ruidos, sumados a los de mi cabeza, me hacían ir más profundo en ese corte, fue el corte más especial de mi vida.
Llegó un momento donde comencé a sentirme aliviada, comencé a volver a mí misma, hasta que miré el piso lleno de sangre, miré mis manos, las hojas y mi brazo; había tanta sangre ahí que me dio asco, rechazo y mucho miedo. Intenté buscar ayuda, pero apenas abrí la puerta me desvanecí y caí. Sólo podía escuchar a la gente hablar, la música volvió a torturarme, veía borroso, y hablaba con los peluches, la escena se llenaba de gente que sólo quería saber que ocurría. De pronto escuché una voz segura y familiar:
- ¡Necesitamos una ambulancia, la chica de arriba está hablándole a los animales de peluche mientras se desangra!
Me sentí importante, comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos, tenía mucha atención y nunca me había sentido así, sin embargo pronto dejó de gustarme, fueron unos segundos donde aprecié la atención, luego me dio vergüenza, me dio pena, me dio todo. Me odiaba.
Lo último que pude ver fue al hombre de la voz segura mirarme y decirme que algo saldría bien, no sé si me curarían o me moriría, lo segundo habría sido lo mejor para mí, pero bueno, me desmayé completamente y desaparecí de allí; desperté en una clínica lejana, él hombre de la voz segura no estaba, sólo mis padres con mirada preocupada y desesperada.
¿Qué pasó por mi cabeza?
Nombraré algunas:
-Ser yo misma
-Ser otra
-Ser agresiva
-Reiniciar mi vida
-Ser víctima
-Fingir que nada me importaba
-Ser la que daña
-No hacer nada
Pero creo que la única vez dónde algo me resultó bien fue cuando me olvidé de quién era.


